La lectura y las teorías cognitivas

¿Qué dicen las teorías cognitivas?

La teoría de la capacidad cognitiva (o de capacidad atencional) fue desarrollada por el psicólogo Daniel Kahneman. Este autor propone que la atención humana y el procesamiento de la información son limitados, lo cual condiciona la ejecución de tareas complejas.

En su obra fundamental, Pensar rápido, pensar despacio (título original: Thinking, Fast and Slow, 2011),1 el premio Nobel de Economía explica que los recursos cognitivos disponibles se distribuyen entre las diversas demandas del entorno, influyendo directamente en el rendimiento y la toma de decisiones.

Kahneman analiza los dos sistemas que gobiernan nuestra mente: el Sistema 1, que es rápido, intuitivo y emocional; y el Sistema 2, que es lento, deliberativo y lógico. Bajo este modelo, la capacidad del sistema es limitada y la interferencia entre tareas ocurre cuando el esfuerzo requerido excede los recursos disponibles del individuo.

Existe también la teoría de los recursos cognitivos (CRT), por sus siglas en inglés, la cual fue definida por Fred Fiedler y Joe Garcia en la década de los 80, aplicada específicamente en el ámbito del liderazgo. Esta teoría busca explicar cómo la inteligencia y la experiencia de un líder afectan el desempeño del grupo bajo diferentes niveles de estrés.

Una tercera teoría que podemos mencionar fue expuesta por John Sweller también en los años de 1980, denominada de teoría de la carga cognitiva. Esta teoría explica que, debido a que nuestra memoria de trabajo tiene capacidad limitada, el exceso de información nueva puede causar una «sobrecarga» que impide el aprendizaje.

Como podemos ver, estas tres teorías se aproximan tanto entre sí que confunden. Sin embargo, cada una sigue vertientes específicas. En el caso del estudio que nos interesa, emplearemos estas teorías a fin de explicar la capacidad cognitiva que tenemos al leer e interpretar un texto.

El «ancho de banda» del cerebro y la automatización lectora

Para comenzar, imagine nuestra mente como si fuera una computadora. Tal vez usted piense que esta es una comparación pobre, claro. Aún así, vamos a usarla como recurso didáctico. Por eso, al desarrollar esta materia, es probable que empleemos algunas terminologías relacionadas con cuestiones de informática.

Como se sabe, una computadora dispone de una memoria RAM, que actúa como una memoria de procesamiento temporal y activa. La RAM es una memoria de trabajo; es el «ancho de banda». Si en una computadora tenemos muchas pestañas abiertas, la RAM se satura y la computadora se vuelve lenta. En nuestra analogía, la RAM representa nuestra ‘memoria de trabajo’: ese espacio limitado donde procesamos información en tiempo real y donde se consumen nuestras unidades de energía mental, es decir, nuestras unidades de energía cognitiva.

Una computadora también dispone de una memoria ROM, que almacena instrucciones y datos de manera permanente. La memoria ROM equivaldría a nuestra memoria a largo plazo, donde reside el conocimiento consolidado y el vocabulario que ya hemos automatizado. En el caso del cerebro, la ROM corresponde a las funciones autónomas (respirar, latidos del corazón, circulación sanguínea), cosas que están «preinstaladas» y que no podemos modificar ni usar para el procesamiento activo de la lectura.

No podemos dejar de lado que una computadora también dispone de una especie de «memoria de almacenamiento a largo plazo», como es el caso del disco duro o el SSD. Esa memoria de almacenamiento a largo plazo corresponde a nuestros conocimientos, vocabularios y experiencias acumulados, que están allí guardados en nuestro «baúl de los recuerdos», nuestra «caja fuerte». Haciendo el paralelo, cuando leemos, «traemos», por así decir, información almacenada en nuestra memoria a largo plazo para nuestra memoria RAM para procesarla y la distribuirla entre la memoria más inmediata.

El éxito de la lectura depende de esta relación: si la RAM se satura intentando decodificar letras, el sistema no tiene energía suficiente para ‘llamar’ o acceder a la información relevante almacenada en nuestro disco duro mental (memoria a largo plazo), provocando un colapso en la comprensión.

La memoria de trabajo y la matemática del entendimiento

Veamos esta situación de un modo práctico. Imagine que nuestra mente tiene una capacidad de 100 unidades de energía mental, que podríamos llamar de «memoria de trabajo». La memoria de trabajo vendría a ser el espacio donde se procesa la información en tiempo real o la forma como esa información es procesada. La teoría de los recursos cognitivos postula que tenemos una «cantidad finita de energía mental» (recursos) disponible en un momento dado. No debemos olvidarnos que los seres humanos tenemos también una memoria de corto plazo y otra memoria de largo plazo.

Eso nos lleva a una conclusión apriorística: La lectura no debe ser solo mecánica. La automatización (leer sin esfuerzo) también es vital y necesaria. Si gastamos toda nuestra energía mental deletreando o separando silábicamente, no nos quedará energía para comprender lo que leemos. Por tanto, la fluidez no es el objetivo final, pero sí es el puente indispensable para llegar a la comprensión del texto. Por eso, el reconocimiento automático de la lectura es vital para liberar recursos mentales. Sin el reconocimiento automático, el desgaste mental sería inmediato y perturbador.

Cuando se agotan los recursos cognitivos, se puede experimentar una disminución en la efectividad y la eficiencia en la ejecución de actividades mentales. Esta perspectiva es relevante en campos como la psicología, la educación y la ergonomía, donde se busca optimizar el aprendizaje y el rendimiento en diversas situaciones. Apliquemos esta teoría al campo de las letras.

En su obra, Kahneman analiza los dos sistemas que gobiernan nuestra mente: el Sistema 1, que es rápido, intuitivo y emocional; y el Sistema 2, que es lento, deliberativo y lógico.

La capacidad de realizar actividades mentales es limitada. Esta limitación se manifiesta en el hecho de que no podemos llevar a cabo varias tareas exigentes de manera simultánea. El esfuerzo es el determinante principal de la capacidad que se asigna a una tarea en un momento dado. La capacidad del sistema es limitada, y la asignación de esa capacidad está determinada por la cantidad de esfuerzo invertido. Dos actividades interferirán entre sí en la medida en que sus demandas combinadas excedan la capacidad disponible. (Kahneman, 1973, Attention and Effort. Prentice-Hall. Traducción libre, paráfrasis técnica).

Al leer, nuestro cerebro realiza básicamente dos tareas simultáneamente que compiten por esa energía limitada:

  1. Decodificación (nivel bajo): Consiste en reconocer las letras, transformarlas en sonidos y ensamblar palabras.
  2. Comprensión (nivel alto): Se refiere al entendimiento del significado, mientras se conectan las ideas, infere y analiza.

Nos encontramos aquí con la matemático del entendimiento. Si tienes 100 unidades de energía mental y gastas 90 en intentar descifrar qué dicen las palabras (deletrear o decodificar con dificultad), solo te quedarán 10 unidades para comprender el mensaje. El resultado es una lectura mecánica, cansativa y vacía de significado.

Esto es, claro, una suposición filosófica, no científica, porque tendríamos que demostrarlo mediante estudios de campo. Estamos teorizando, y una teoría puede tener varias vertientes o, hasta, puede llevar a nada. Es verdad que no estamos aquí hablando de la verdadera capacidad cognitiva de nuestra mente, de nuestro cerebro, y sí de las condiciones normales que vemos en el día a dia. Estamos hablando de un ser que se cansa rápidamente y, como consecuencia de las condiciones de vida que vemos, sufre.

Es muy parecido a lo que ocurre con una computadora. En condiciones adversas, la computadora se puede recalentar, inactivar y paralizar. El ser humano también, cuando lee, termina cansándose. No existe dudas sobre eso. De hecho, hasta su cuerpo se calienta, porque comienza a consumir recursos energéticos, mentales, físicos y emocionales. Por eso, una persona cuando estudia se siente en poco tiempo estenuada, con hambre y sed. En ese caso, lo recomendable es parar, reposar y dejar que la mente procese las informaciones recibidas a través del descanso y la meditación.

Vemos eso en el caso de un estudiante que se prepara a última hora para una prueba de matemáticas que va a presentar en la mañana del día siguiente. Solo que durante todo ese tiempo no estudió nada. Ahora está corriendo contra el tiempo. Allí vienen el desespero, la angustia, el nerviosismo. Entonces comienza a estudiar hasta altas horas de la noche, tratando de memorizar fórmulas y procedimientos que difícilmente van a entrar en su mente. Al otro día presenta su prueba y se sale mal porque no tuvo suficiente tiempo para procesar la información.

Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Qué significa la expresión: «el reconocimiento automático de la lectura es vital para liberar recursos mentales«. En el caso de una computadora, esta necesita reconocer de forma secuencial, organizada y rápida las operaciones matemáticas, digitales o lógicas (software), que fueron preprogramadas para descifrar y ejecutar. Pero existen limitaciones operativas, que van a depender de la composición física del aparato (hardware). Igualmente, como seres orgánicos pensantes, nuestro cerebro tiene una capacidad de atención limitada. Eso es lo que podemos entender como el «ancho de banda» de nuestro cerebro.

Eficiencia lectora: del deletreo y el silabeo a la automatización lectora

Veamos ahora esta situación hipotética desde dos vertientes importantes: el deletreo (o silabeo) y la automatización:

1. Deletreo y silabeo (lector novato):

Cuando alguien está aprendiendo a deletrear una palabra, por ejemplo, la palabra CASA, la persona piensa o lee del siguiente modo: «c-a-s-a»… «Casa». En el caso del silabeo, la palabra CASA es pronunciada o separada en sílaba, por lo que se diría «ca-sa». Por eso, al realizar el esfuerzo debido al deletreo, la persona gasta 90 unidades de energia mental solo para poder descifrar qué dicen las letras, su pronunciación e interpretación dentro de la lista de palabras del abecedario. En el caso del silabeo, el esfuerzo mental es mucho menor que en el caso del deletreo, por lo que podríamos estimar, en teoría, un desgaste teórico de 50 a 60 unidades de energía mental. En todo caso, es más fácil el silabeo que el deletreo, ¿no crees?

Imagina lo que significaría expresar una simple oración, como: «María y José fueron a Belén». Si fuéramos a hablar deletreando las frases, pasaríamos la vida entera tratando de expresar una conversación de un único día. En el caso de la frase que nos ocupa, sería algo así como: «M-a-r-í-a-y-J-o-s-é-f-u-e-r-o-n-a-B-e-l-é-n». Hasta para escribir esa simple frase fue necesario apretar una cantidad infinita de símbolos de separación, aparte de las vocales y consonantes. Es lógico que, en el día a día, nadie habla como si fuera un robot, de forma mecánica y mucho menos deletreando palabras, a menos que sea por cuestiones de ejercicio o ejemplo.

Claro, eso es en la escritura. Pero, expresando esto con la voz, ¡uf!, sería una locura. ¿No sería la misma cosa o algo parecido a la escritura? De cierta forma, no, y de cierta forma, sí. Sería más rápido pronunciarlo que escribirlo, claro. Pero, ¿cuál sería el resultado final? Terminaríamos pronunciando con gran torpeza y sufrimiento la composición de las frases, y eso, con varios errores de pronunciación. Esto nos muestra de modo simple que nadie debe quedarse en la simple abreviación o deletreando palabras. De hecho, no ocurre. No es normal ni común hablar deletreando frases o silabeando frases.

En el caso de la separación silábica, sería mucho más fácil. Habría menos desgaste físico y mental. Eso quiere decir que la frase: «María y José fueron a Belén» quedaría separada de la siguiente forma: «Ma-rí-a-y-Jo-sé-fue-ron-a-Be-lén». Como puedes ver, el desgaste de unidades mentales es mucho menor en el caso del silabeo que en el deletreado.

2. Automatización lectora (lector fluido):

Aquí la explicación es totalmente lo contrario de lo que mencionamos antes. Es decir, cuando alguien se expresa sin hacer uso del deletreo o silabeo, las palabras fluyen como las aguas de un río. En el caso del ejemplo anterior, no diríamos «C-A-S-A» (deletreo) o «CA-SA» (silabeo); diríamos simplemente «CASA» (reconocimiento automático). No será necesario gastar 90 uniddes de energia mental, ni 50 o 60. Al contrario, el gasto energético sería de 5 a 10 unidades, a lo máximo, o menos. El reconocimiento de la palabra y su significado es casi instantáneo.

Lo que queremos mostrar con esto es que la persona debe aprender a hacer una buena lectura al evitar el deletreo y el silabeo a lo máximo posible cuando está leyendo, a menos que esté haciendo ejercicios o colocando ejemplos. Entendiendo que existen palabras que exigen una mayor atención y separación silábica, especialmente cuando son palabras del área científica. Ejemplo, las palabras: «esternocleidomastoideo» [es-ter-no-clei-do-mas-toi-de-o], «desoxirribonucleico» [de-so-xi-rri-bo-nu-clei-co], «otorrinolaringólogo» [o-to-rri-no-la-rin-gó-lo-go], «electroencefalografista» [e-lec-tro-en-ce-fa-lo-gra-fis-ta], «paralelepípedo» [pa-ra-le-le-pí-pe-do]. Es muy seguro que usted tardó en pronunciar estas palabras. Quizás hasta se cansó y sintió una cierta frustración, o fastidio, al no poder pronunciar las palabras o algunas de ellas.

Por tanto, podemos deducir que la simple lectura no es suficiente por sí sola, así como el uso del deletreo y el silabeo tampoco resuelven nuestros problemas de lectura. Pero algo es claro: la lectura automática es mucho mejor y ventajosa que el deletreo y el silabeo, pero una no sustituye a la otra. Es decir, usted puede leer muy fluido pero no entender nada de lo que leyó, aun cuando su lectura haya sido hecha en voz alta. Es algo así como leer una frase o un párrafo que está escrito en un idioma extranjero, como el latín, y al final no entender nada de lo que leyó. Entonces, la lectura no es suficiente; la comprensión es vital y necesaria. Su lectura puede ser muy rápida y fluida, la más rápida del mundo, pero si no entiende ni un tostón de lo que está leyendo, ¿de qué sirve? De nada. Es tratar de golpear el aire.

La automatización lectora: la clave del ahorro de energía mental

Relacionemos esta materia con un artículo publicado antes, titulado «¿Usted sabe realmente leer un texto?» En ese estudio, indicamos que, para lograr una buena lectura, la decodificación de los textos debe volverse automática. Cuando un lector es fluido, el reconocimiento de palabras es instantáneo y no requiere excesivo esfuerzo consciente (teoría de la automaticidad, de LaBerge & Samuels, 1974). Esto libera la «memoria RAM» del cerebro, por así decirlo, permitiendo que casi el 100% de los recursos cognitivos se dediquen a la verdadera meta: entender. Sin el entendimiento, no será posible la comprensión y sin la comprensión no será posible llegar a conclusiones lógicas (en psicología cognitiva, esto se llama memoria de trabajo).

Creemos que la teoría de la capacidad cognitiva, la teoría de los recursos cognitivos y la teoría de la carga cognitiva validan la tesis que hemos desarrollado en el presente artículo. Esta argumentación nos permite decir que quien se queda en la etapa del deletreo y del silabeo termina consumiendo el máximo de los recursos cognitivos, mentales, en la mecánica de la lectura. Por eso, si superamos esa frontera del deletreo y el silabeo, la lectura será emocionante, lucrativa, viva y real. De hecho, estudios recientes muestran que los hábitos de lectura en estudiantes están directamente relacionados con el desarrollo de habilidades cognitivas superiores.

Por tanto, la fluidez lectora (que es la capacidad de leer sin esfuerzo mecánico) es el puente indispensable hacia la comprensión profunda del texto. Es verdad que la buena lectura es una habilidad que podemos desarrollar con el tiempo. Eso dependerá también de la práctica. La práctica lectora viene a ser el proceso de automatizar lo básico para liberar la mente y asumir mayores retos: captar el espíritu de la letra.

Referencias sobre lectura y recursos cognitivos

  • KAHNEMAN, Daniel. Attention and effort. Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, 1973. 246 p. (Prentice-Hall series in experimental psychology). Disponible en: https://s3.amazonaws.com/knowen-production/big_attachments/fdf0161367c4801ac8b5a6cc42e8413d/Attention+and+Effort+-+Kahneman.pdf. Accesado el: 30/01/2026.
  • Porta Etessam, J. (2025). Teoría Cognitiva de la Comprensión Lectora. iNeurociencias. Explica cómo la comprensión lectora involucra múltiples mecanismos cognitivos y la activación cerebral en procesos de lectura.
  • Sarmiento Santillán, L. J., Yépez Ramos, M. I., & Parra Lezcano, V. P. (2024). Lectura y desarrollo cognitivo: estudio de los hábitos lectores de estudiantes de básica superior. Revista Latam. Analiza cómo los hábitos lectores influyen en el desarrollo cognitivo de estudiantes.
  • Psicología General (2024). Teorías Cognitivas: Tipos, Ejemplos y su Importancia. Presenta diferentes teorías cognitivas aplicadas al aprendizaje y la lectura, incluyendo el procesamiento de la información.
  • Zhang, L. (2024). Cognitive Resource Theory. ECPH Encyclopedia of Psychology, Springer Nature. Expone la teoría de los recursos cognitivos como modelo de asignación de atención y recursos mentales en tareas simultáneas.
  • LaBerge, D., & Samuels, S. J. (1974). Automaticity Theory of Reading. Teoría influyente que relaciona la lectura con la disponibilidad limitada de recursos cognitivos, destacando la importancia de la automatización en la decodificación.
  1. Debemos diferenciar entre las obras de Daniel Kahneman Thinking, Fast and Slow (2011) y Attention and Effort (1973), pues pertenecen a marcos teóricos distintos. ↩︎


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