“Recordar” y “acordar” son dos verbos que significan, además de otras ideas, ‘tener presente algo en la memoria’; pero en el momento de usarlos para construir los mensajes, se comportan de forma diferente. Veamos cuál es el comportamiento de cada uno de ellos.
“Recordar” es un verbo transitivo, es decir, se usa siempre con un complemento directo puesto que se ‘recuerda algo’, por ejemplo: “Recuerdo los días felices de mi infancia”, en donde “los días felices de mi infancia” es un complemento u objeto directo. Entonces, al ser transitivo, también permite el cambio de la oración a voz pasiva: “Los días de mi infancia son recordados por mí”. Con este significado, no existe la forma pronominal “recordarse” y su uso se considera erróneo: *Me recuerdo los días felices de mi infancia.
Por su parte, “acordar” es un verbo intransitivo y pronominal, es decir, no presenta complemento directo y, por lo general, aparece acompañado de pronombres personales como “me” (Me acuerdo de ti), “te” (¿Te acuerdas de mí?) o “se” (Se acuerda de ella). Asimismo, este verbo lleva, casi siempre, un complemento con la preposición “de” (“acordarse de algo”), por ejemplo: “Me acuerdo de los días felices de mi infancia”. Es incorrecto, entonces, usarlo como verbo transitivo: *Me acuerdo los días felices de mi infancia; u omitir la preposición “de” en su complemento: *Me acuerdo que llegaste tarde.
Claro que “acordar” también significa ‘llegar a un acuerdo’ y, por supuesto, es transitivo: “Los transportistas acordaron no continuar con el paro”, que en pasiva sería: “No continuar con el paro fue acordado por los transportistas”.
Y, respecto al verbo “recordar”, en lo coloquial, en muchos hablantes hispanos todavía persiste un uso pronominal pero son el significado de ‘despertarse’: “Me recordé temblando de miedo por la pesadilla”.
A veces, en algunos países de América, se usa también el verbo “acordar” con el sentido de ‘recordar’, en construcciones con el verbo hacer: “Me hiciste acordar a mi madre”. En este caso es preferible el uso de recordar: “Me recordaste a mi madre”.
En conclusión, ambos verbos expresan lo mismo, pero su uso depende de cómo el hablante quiera expresarlo: “Recuerdo mucho a mi madre” o “Me acuerdo mucho de mi madre”.
Adaptado de: Lady Olivares Mauricio (Castellano Actual)
Brasil, oficialmente República Federativa del Brasil (en portugués: República Federativa do Brasil), es un país ubicado en América del Sur que comprende la mitad oriental del subcontinente y algunos grupos de pequeñas islas en el océano Atlántico.
Con una superficie estimada en más de 8,5 millones de km², es el quinto país más grande del mundo en área total (equivalente a 47% del territorio sudamericano). Delimitado por el océano Atlántico al este, Brasil tiene una línea costera de 7491 km. Al norte limita con el departamento ultramarino francés de la Guayana Francesa, Surinam, Guyana y Venezuela; al noroeste con Colombia; al oeste con Perú y Bolivia; al sureste con Paraguay y Argentina, y al sur con Uruguay. De este modo tiene frontera con todos los países de América del Sur, excepto Ecuador y Chile. En su mayor parte, el país está comprendido entre los trópicos terrestres, por lo que las estaciones climáticas no se sienten de una manera radical en gran parte del mismo. La selva amazónica cubre 3,6 millones de km² de su territorio. Gracias a su vegetación y a su clima, es uno de los países con más especies de animales en el mundo.
La economía brasileña es la mayor de América Latina y del hemisferio Sur, la sexta mayor del mundo por PIB nominal y la séptima mayor por paridad del poder adquisitivo (PPC).
Brasil es una de las principales economías con más rápido crecimiento económico en el mundo y las reformas económicas dieron al país un nuevo reconocimiento internacional, tanto en el ámbito regional como global. El país es miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), G20, Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP), Unión Latina, Organización de los Estados Americanos (OEA), Organización de los Estados iberoamericanos (OEI), Mercado Común del Sur (Mercosur) y de la Unión de Naciones.
La Universidad de Salamanca (en latín, Universitas Studii Salmanticensis) se encuentra emplazada en la ciudad de Salamanca, en la comunidad autónoma de Castilla y León, España. Es la universidad más antigua de España que existe en la actualidad y una de las cuatro más antiguas de Europa en funcionamiento hoy, tras las de Bolonia, Oxford y París (hoy, La Sorbona). Fue la primera institución educativa europea que obtuvo el título de Universidad por una bula de Alejandro IV en el año 1255.
La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe. ¡Señoras, señores, compañeros, amados niños!¡No nos dejemos arrebatar la eñe!
Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta la apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín, el ~.
¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? ¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes y los ñacurutuces? ¿En los pagos de Añatuya cómo cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?
«La ortografía también es gente», escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui.
A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo. «Pereza ideológica», hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad.
Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos! Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta.
No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. ‘Ninios’, ‘suenios’,‘otonio’. Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania.
La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera dónde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter. ¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente.
Este texto de María Elena Walsh fue originalmente publicado en el diario “La Nación” en 1996 y fue escrito en el marco del conflicto cultural que protagonizó la Comunidad Económica Europea (CEE), cuando impulsó de forma imprudente el proyecto de algunos fabricantes de computadoras, que pretendían comercializar teclados sin la letra “ñ”. La Real Academia Española (RAE) proclamó en un informe (1991) que esto representaría “un atentado grave contra la lengua oficial”. Finalmente, el gobierno español respondió en 1993 con una ley proteccionista de la lengua, acogiéndose al Tratado de Maastricht.
María Elena Walsh
A través de este texto se aborda, con humor, el tema de la identidad de la lengua. La letra “ñ”, que representa el fonema nasal palatal sonoro, no existía en el griego ni en el latín, origen de las lenguas romances actuales. Solo existía la “n”, que a comienzos de la Edad Media se reforzó con otros signos, especialmente las letras “i”, “y”, “g”, e incluso la “n” duplicada (“nn”). Al aparecer, en las lenguas romances vulgares, la duplicidad se empezó a transcribir con un guión encima, que indicaba que se repetía la letra. Este rasgo caracterizó al español frente a otras lenguas, siendo la “ñ” una letra representativa del mismo. La RAE la añadió al alfabeto en la segunda edición de su Ortografía (1754), y se considera la decimoséptima letra del abecedario.
Fuente adaptada: Uruguay Educa, Portal Educativo de Uruguay, Administración Nacional de Educación Pública.